El coleccionismo de juguetes en los últimos años

Los adultos no conseguimos tiempo para jugar lo suficiente, así que, o nos obsesionamos con los juguetes de nuestra infancia o nos conseguimos otros nuevos, como por ejemplo un deportivo rojo en el garaje. Públicamente o en secreto, a los adultos nos encantan los juguetes.

El coleccionismo de juguetes ha sido una actividad seria desde hace muchos años y por ello en todo el mundo existen museos de primer nivel dedicados a los juguetes, pero últimamente algunos están cambiando su enfoque. Los museos que dedicaban sus esfuerzos a exhibir curiosos juguetes tallados a mano de la época victoriana o antiguas muñecas de porcelana, están ahora recurriendo a la era post-industrial, buscando frenéticamente juguetes electrónicos fabricados en masa, videojuegos, figuras de vinilo y todas esas cosas que hemos estado tirando a la basura en los últimos años.

Algunos de estos cambios están íntimamente unidos a los cambios generacionales. Desde hace unas pocas décadas los niños han jugando de manera diferente a como lo hacían sus abuelos. Por ejemplo, un niño de 1950, podríamos decir que jugaba de la misma manera que un niño de 1910. Ambos niños utilizaban básicamente los mismos juguetes salvo por ciertas diferencias lógicas debido a las modas o a las condiciones económicas y tecnológicas. Pero en esencia jugaban de la misma manera.

Sí, suponemos que los niños de hoy en día sentirán la misma nostalgia que los adultos tenemos por aquellas cosas con las que crecimos, pero por lo demás, estamos ante un gran cambio cultural. Por ejemplo, hoy en día todos esperamos que un juguete aporte mucho más a un niño que lo que pedíamos hace 20 o 30 años.

Los juguetes mecánicos de cuerda han existido casi durante el mismo tiempo que los relojes, pero tras la Segunda Guerra Mundial, los juguetes alimentados por pilas, y los juguetes de la era espacial se popularizaron en todo el mundo y su innovación no vino precisamente de las potencias industriales victoriosas, sino de uno de los países derrotados: Japón.

Japón quedó prácticamente destruido por la guerra, pero los Estados Unidos hicieron todo lo posible para reconstruirlo. Necesitaban desesperadamente a un aliado fuerte en la región y Japón era ahora un socio leal, decidido y dispuesto a aprender de los vencedores. Japón tenía una fuerte industria basada en el hierro antes de la guerra y una tímida manera de reactivarla era empezar a fabricar juguetes de hojalata. Los ingenieros japoneses desarrollaron un pequeño motor que podía funcionar con una pila ordinaria, a partir del cual se podían diseñar juguetes automatizados mucho más interesantes. Pero no les bastaba con el mercado japonés, y para conquistar el mercado americano, necesitaban atacarlo desde otro ángulo. Los temas del lejano oeste, los vaqueros americanos, los westerns se desvanecían. Hollywood estaba abandonando el rodaje de westerns y empezaba a producir películas sobre la exploración espacial y los viajes intergalácticos, que en definitiva eran los mismos westerns pero ubicados en el futuro en lugar de en el pasado. Eran las mismas historias adaptadas a la nueva moda espacial. Los japoneses comprendieron rápidamente que esa iba a ser la próxima gran locura mundial y comenzó a alimentarla fabricando todo tipo de juguetes del espacio en cantidades enormes. El mayor éxito de la industria japonesa de la época fueron los robots de hojalata litografiada alimentados con baterías.

En la década de 1950, los robots fascinaban a los pequeños y a los mayores, de la misma manera que los ordenadores y los dispositivos móviles lo hacen ahora. Todos soñaban con máquinas que pudieran hacer las tareas más tediosas y cansadas sin parar y sin quejarse nunca, pero también temían que fueran demasiado inteligentes, que lograran tomar sus propias decisiones y que pudieran asumir el control. Era un mundo deseable, pero desconocido y por ello temido al mismo tiempo.

Las empresas estadounidenses en aquellos años estaban fabricando robots de juguete de plástico que funcionaban a cuerda. Tenían luces también, pero no podían hacer lo que los robots japoneses sí podían, como caminar, hablar, girarse sobre sí mismos… Y para colmo los niños americanos preferían los colores brillantes y la robustez de la hojalata japonesa antes que el simple plástico. Las empresas estadounidenses no podían fabricar productos similares con unos costos ni remotamente cercanos a los japoneses, por lo que acabaron diseñando sus propios juguetes de hojalata, pero subcontratando la fabricación a Japón. ¿Os suena el lema «Diseñado en California» que aparece en algunos productos electrónicos actuales fabricados en China?

No pasó mucho tiempo antes de que toda América del Norte se inundara de juguetes de hojalata japoneses. Fabricaron de todo: coches de juguete, aviones, animales, todo tipo de personajes animados y de moda, pero sin duda, los robots de hojalata son los juguetes más coleccionables e interesantes hoy por hoy.

Los robots de hojalata al principio eran una novedad desechable, pero luego se convirtieron en objetos de interés nostálgico para los adultos de todo el mundo que habían vivido su infancia con ellos. Ese interés fue creciendo hasta que los robots de hojalata acabaron siendo un importante mercado de objetos de colección, con algunos raros ejemplos que se vendían por decenas de miles dólares. Este mercado finalmente colapsó por su propio peso, con la ayuda de internet, que hizo que miles y miles de robots abandonados en los sótanos aparecieran en el mercado en busca de las riquezas que les correspondían. Las reproducciones hechas en China finalmente acabaron dando la puntilla definitiva para que este mercado colapsara. Son tan buenas dichas reproducciones, que a veces ni los coleccionistas experimentados pueden detectar las diferencias. A pesar de todo, el mercado de robot de hojalata, sigue manteniendo cierta vitalidad, pero como hemos dicho es difícil de penetrar. Si el mercado se convierte en peligroso para los expertos, no digamos para los novatos…

Muchos otros juguetes han seguido o están siguiendo el mismo camino que los robots. Las consolas de videojuegos de los años 80 son un objeto muy demandado en el actual mercado de coleccionismo. Muchos compramos en aquella época un Pac Man o un Pong para nosotros o para nuestros hijos y luego los tiramos a la basura cuando llegó la siguiente novedad. Mejor deberíamos haberlos mantenido en sus cajas durante 30 años y luego ponerlos en eBay.

Los mismo tendríamos que haber hecho con aquellas tontas figuritas de Star Wars que surgieron a finales de los 70. El «merchandising» es para la industria del cine una fuente de ingresos más importante que las palomitas de maiz, desde que en 1937 Disney mostró a todos el camino con su Blancanieves. Cuando el lanzamiento de Star Wars estaba ya previsto para 1977, George Lucas se reunió con todos los grandes fabricantes de juguetes para tratar de venderles la licencia para fabricar figuras de acción y juguetes. Todos lo rechazaron, ya que Lucas no era alguien conocido y la ciencia-ficción todavía era vista en aquella época como un género tonto. Sin embargo, una empresa muy pequeña, Kenner, pensó que podría obtener una ganancia aunque fuera escasa, así que firmó un acuerdo con Lucas.

Por supuesto, Star Wars, una historia clásica occidental ubicada en el futuro, fue un enorme éxito de taquilla. Kenner apenas podía atender todos los pedidos en el día a día, hasta el punto de que tuvo que emitir certificados que garantizaban que el comprador recibiría un determinado conjunto de figuras de acción en unos meses, según fueran saliendo de la fábrica.

Kenner firmó el acuerdo a pesar de que no tenía acceso a la película antes de su estreno. Pero tampoco estaba preparado para un éxito tan grande. Sea como fuera, Kenner pasó de ser una fábrica pequeña a un jugador importante en la industria juguetera gracias a este único trato.

Esas figuras de acción de Star Wars se diseñaron para ser vendidas a los niños para que jugaran con ellas durante un tiempo y luego las tiraran a la basura en cuanto surgiera otra nueva película o moda. Pero hoy en día estas simples figuritas son venerados objetos de colección y además observamos un nuevo repunte en su interés gracias a la última película de Star Wars, ahora producida por Disney.

Los coleccionistas de Star Wars quieren que sus juguetes se mantengan en sus cajas originales o en sus blisters de plástico. Por supuesto, es obligatorio que estos envases jamás hayan sido abiertos, y por tanto, que los juguetes nunca hayan sido tocados ni jugados. Tanto envase como contenido deben permanecer intactos tal y como salieron de fábrica.

Los coleccionistas de Star Wars acuden a convenciones especiales antes de los estrenos donde la maquinaria de merchandising pone en sus manos los últimos lanzamientos, que nunca serán liberados de sus cajas, y tal vez ni siquiera se muestren nunca a nadie, no sea que la luz del sol desvanezca sus delicadas pinturas.

Mientras que la exploración espacial sigue siendo un género popular, los robots se han ido actualizando (a excepción de R2D2, por supuesto) de acuerdo a las modas o a las innovaciones tecnológicas y de diseño. En la actualidad los robos no nos generan miedo, conocemos sus limitaciones, hemos creado robots que montan, sueldan, pintan coches, o que barren la casa, como la Roomba. Nos hemos dado cuenta de que los robots no son tan inteligentes. Ahora, estamos más preocupados por los ordenadores inteligentes, por los HAL.

¿Qué coleccionaremos en los próximos años? ¿Videojuegos de ordenador?

Los juegos de ordenador son increíbles, pero también son un arma de doble filo. Sus gráficos cada vez son más espectaculares, la carrera por mejorar sus prestaciones impulsa la innovación informática y además, los estudios muestran que los videojuegos pueden mejorar significativamente las habilidades cognitivas de los niños. Pero esos juegos pueden también sumergir al niño en una realidad virtual terriblemente violenta y agresiva. Además, sus capacidades de adicción crecen al tiempo que sus capacidades de inmersión, y vemos a niños literalmente consumiendo su juventud jugando a los videojuegos. No es el tipo de juguete que nuestros abuelos utilizaban para jugar, pero ¿quiénes somos para decir lo que es mejor o peor?.


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